Una flota de bribones para Adif

El Mundo · Javier Redondo ·

Ya se ha planteado aquí: lo fundamental no es por qué Sánchez se rodeó de truhanes y trepadores con vocación delincuencial; sino por qué ellos eligieron subirse a lomos de...

Ya se ha planteado aquí: lo fundamental no es por qué Sánchez se rodeó de truhanes y trepadores con vocación delincuencial; sino por qué ellos eligieron subirse a lomos de Sánchez. Él no tenía con quién transitar desde los suburbios hasta el corazón del partido; era un paria entre los cuadros aunque se alzase como redentor entre las bases. Ellos supieron con quién perpetrar: Sánchez era su hombre. He aquí el matiz que aclara el fondo; de Zapatero a Cerdán, de Ábalos a Leire Díez.

Sánchez y su cuadrilla se necesitaban mutuamente. Sánchez se cubría y ellos se creyeron encubiertos. Sánchez es el origen, quien establece las pautas de comportamiento e instala una cultura de la inobservancia y quebrantamiento. Por su extracción y maneras promueve y sabe que nadie en su entorno está completamente inmaculado, así que todo el que orbita en torno a él guarda, como mínimo, un aparentemente insignificante y, sin embargo, útil exceso, descuido o infracción. Aunque no lo adviertan, Sánchez impuso -e impone- a sus leales, los de primera hora y los posteriores, un rito de iniciación que supone acatar y aceptar como legítimos sus propios orígenes.

Cuando Sánchez trampeó para permanecer al frente del partido -y el PSOE lo permitió- se erigió en buscavidas en jefe. Los malhechores encontraron al guardián de su cueva. El chófer de Sánchez era Cristian Corvillo; el conductor de Sánchez fue Sabiniano Gómez. Esta es la conclusión de lo hasta aquí expuesto. La prosperidad política y material de Sánchez no se entiende sin su previa conducción. Y todos los que se suben a su flota son presos de su condición.

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