Poner rosales contra los ciberataques en los supermercados
El País · Maria Nicolau ·
En los viñedos, el rosal es un centinela porque es muy sensible a algunas de las plagas más destructivas para las vides
En los viñedos, el rosal es un centinela porque es muy sensible a algunas de las plagas más destructivas para las vides
En mis tiempos de cocinera oficiante, solía aprovechar los martes de librar para hacer pequeñas visitas relámpago a restaurantes, mercadillos o paisajes comestibles que me resultasen estimulantes. En una de estas, con una neverita portátil en el maletero, me embarqué rumbo al mercado municipal de Narbona, a por quesos. Unos quilómetros antes de llegar, viendo que iba con tiempo, tuve la brillante idea de desviarme por un camino de tierra y aprovechar el día dando un paseo por los viñedos del macizo de las Corbières. No tardé en meterme en problemas. Acabé con el cárter rajado atascada en un pedregal, viendo corretear las codornices, llamando a la grúa. “En cuatro horitas estamos allí, madame”. El mismo Google Maps que me había metido en ese lío fue el que me ofreció una solución: a poco más de un kilómetro, viñedos a través, estaba la abadía de Santa María de Fontfroide, un punto de luz en ese paisaje arisco de vides agarradas a cantos modelados por siglos de alternancia sin cuartel entre sequías y tormentas.
Llegué a la abadía hecha unos zorros y vistiendo chándal, una indumentaria impropia de esa joya de la arquitectura cisterciense del siglo XII, que un día fue corazón espiritual y político de la región. Atravesé la nave central, con su bosque de columnas de veinte metros de altura que tocan el cielo, royendo galletitas saladas, algo que hay que llevar obligatoriamente en la guantera del coche, junto a la documentación. Crucé el claustro, abrumada de lo bonito, y salí al jardín exterior. En esa tierra donde los monjes antes enterraban a sus muertos, crece una de las rosaledas más grandes del sur de Francia, con más de 2.500 rosales.