La lógica plebiscitaria del 29-N
El Mundo · Manuel Arias Maldonado ·
Recuerdo haber defendido allá por el año 2016 -fue en el semanario Ahora que dirigía Ramón González Férriz- la conveniencia de una Gran Coalición entre PP y PSOE: no solo me...
Recuerdo haber defendido allá por el año 2016 -fue en el semanario Ahora que dirigía Ramón González Férriz- la conveniencia de una Gran Coalición entre PP y PSOE: no solo me parecía el único gobierno capaz de abordar las reformas pendientes, sino que el pacto entre los dos grandes partidos había de educar a los españoles en una amistad cívica indispensable para la buena salud de la democracia. Siendo obvio que la sola propuesta de una coalición a la alemana suscitaría críticas feroces, nadie sabía entonces cómo iba a comportarse nuestro sistema político en un marco inédito de fragmentación partidista: ¿de qué manera se digeriría el éxito de los nuevos partidos surgidos al calor de la crisis financiera y del procés separatista? ¿Seríamos transaccionales como los daneses o inestables como los italianos? Abogar por una Gran Coalición era defender una fórmula susceptible de conducir al país en momentos de gran dificultad; los sureños habían de comportarse por una vez como norteños. Es sabido que fracasamos a lo grande: nos hemos desempeñado -manca finezza- incluso peor que los italianos. Y el marco plebiscitario en el que se celebran las elecciones generales del próximo 29N así viene a corroborarlo; asunto distinto es que se trate del plebiscito que buscaban Sánchez y sus estrategas. También en esto la desgracia de Urda ha podido cambiar las cosas; sin que la tardía dimisión de Óscar Puente pueda cambiarlas demasiado. Veamos.
Cuando el presidente del Gobierno anunció que disolvía las cámaras, planteó a los españoles la obligación de tomar partido. Habían de decidir si quieren «un Gobierno que trabaje por el interés de la mayoría social» o prefieren «entregar las riendas del país a una coalición ultraderechista que no ha propuesto nada y cuyo único objetivo es derogar y recortar los derechos y las libertades que hemos venido construyendo durante estos ocho años para beneficiar a los de siempre». Recordemos que unos días antes el mismo Sánchez había afirmado que el actual Parlamento -que lo invistió como presidente- no recoge el sentir de la «mayoría social» y se dedica en cambio «a pisotear los derechos de la gente». A la manera de un caudillo redentor en la más acrisolada tradición populista, Sánchez se postulaba como el defensor del pueblo verdadero; los ciudadanos pueden apoyar el progreso o abrazar la reacción.
Alberto Núñez Feijóo respondió a Sánchez en términos asimismo plebiscitarios: nos encontramos ante una disyuntiva que trasciende la elección entre dos propuestas ideológicas enfrentadas entre sí. Al contrario: «Esto va de que España le gane a Sánchez y a lo que representa, de que la nación y la democracia venzan a quien más daño le ha causado». Hay que escoger «entre la corrupción y la decencia, entre la decadencia y la prosperidad, entre un Gobierno que solo aspira a sobrevivir y un país que piense en su futuro». A diferencia de lo que sucedió hace cuatro años, el PP llega a las elecciones tras haber encauzado sus relaciones con Vox; los gobiernos de coalición entre ambos partidos se han propuesto no dar un ruido e incluso Moreno Bonilla se rindió a la evidencia tras las últimas elecciones andaluzas: despreciar a Vox es fácil cuando no necesitas sus votos para gobernar.
Read the full story at El Mundo · All coverage of this story