Raphinha y las bicis en verano

La Vanguardia · Xavier Aldekoa ·

Aprendí a montar en bicicleta tarde: antes de desarrollar el mínimo sentido común compatible con la supervivencia. No levantaba seis palmos cuando aprendí a sostenerme en una derbi roja “con ruedas de cross”, como las bauticé flipadísimo, como si aquellas palabras prologaran el hostión. Llegó, claro: en una excursión con hermanos y primos, encontramos una montaña de arena al final de una rampa que a mí me pareció el gran cañón del Colorado. Dani e Iñaki, más mayores, se lanzaron por el terraplén y pegaron unos brincos impresionantes que cerraron con unos derrapes de película de Stallone. Buah, qué guapo, me dije por mis adentros, y no pensé en nada más. Me lancé sin frenos, con la cara enganchada al manillar y los ojos achinados por la velocidad y los volví a abrir cuando estaba en el suelo, ensangrentado y con el cuerpo lleno de rasguños y polvo.

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