Adiós pantallas, hola anillos: los nuevos dispositivos de actividad apuestan por pasar desapercibidos
El País · Álvaro Fernández-Espina ·
El auge imparable de los ‘trackers’ en forma de anillo o pulsera plantean la duda de si estamos aprendiendo a escuchar el cuerpo o simplemente hemos encontrado otra forma de obsesionarnos con él
El auge imparable de los ‘trackers’ en forma de anillo o pulsera plantean la duda de si estamos aprendiendo a escuchar el cuerpo o simplemente hemos encontrado otra forma de obsesionarnos con él
En plena era del tan cacareado lujo silencioso, hay un nuevo símbolo de estatus que no emite destellos, no vibra con las notificaciones de Slack a horas intempestivas de la noche ni exige una pantalla. Se lleva de forma discreta en el dedo anular o en el índice y está forjado en titanio biocompatible. Olvídense del oro o el platino. El Oura Ring –junto con sus competidores de muñeca como Whoop, sí, la pulsera que a Alcaraz le prohibieron usar en el Open de Australia el pasado enero, o alternativas en formato anillo como Ultrahuman– ha logrado una gesta impensable en la era de la sobreestimulación digital: convencer al consumidor de que la mayor ostentación tecnológica del siglo XXI es, precisamente, la invisibilidad.
Bienvenidos al imperio de los trackers de salud sin pantalla, una corriente de biohacking que ha conquistado desde los despachos de los fondos de inversión a los vestuarios de la Champions League. Un fenómeno con nombre propio: screenless wearables cuyo atractivo no reside únicamente en lo que miden, sino en cómo lo hacen. Es tecnología que trabaja en segundo plano y presenta sus conclusiones cuando el usuario decide consultarlas. El espía, en este caso, tiene buenos modales.