Yo me estoy muriendo y tú te comes un helado

La Vanguardia · Julià Guillamon ·

No me parecería honesto –como pasa tantas veces en el mundo de la crítica– disimular que conozco a Dolors Borau (Barcelona, 1963). En 1991, en torno a la revista Lletra de canvi – hermana menor de Quimera – y de las páginas de Libros de La Vanguardia que dirigía Robert Saladrigas, nos encontramos un grupo de escritores y críticos que no acabábamos de ver claro el camino que tomaba la literatura catalana y nos oponíamos ingénuamente a la situación. Se estaba produciendo el paso de las editoriales literarias a las editoriales comerciales, era el gran momento de Columna y de la aparición de un grupo de autores que empezaban a vender mucho –pensábamos nosotros– a base de rebajar planteamientos. Desde las páginas de este diario el historiador Josep Maria Lluró la emprendió con Joan Margarit y Oriol Izquierdo criticó educada e implacablemente a Jesús Moncada. El centro de operaciones era un piso modernista precioso de la calle Gran de Gràcia, donde vivían Izquierdo y Borau, que en aquella época tenía una escuela de música y no intervenía en las discusiones literarias.

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