La mejor escuela debería ser la que acoge a los estudiantes más desfavorecidos y transforma sus vidas
El País · Nuria López Roca ·
Deberíamos preguntarnos por qué, año tras año, aparecen casi los mismos centros educativos en los ‘rankings’ escolares
Deberíamos preguntarnos por qué, año tras año, aparecen casi los mismos centros educativos en los ‘rankings’ escolares
Cada vez que aparece un nuevo ranking de “las mejores escuelas” hay algo que me inquieta. No porque mi centro no vaya a figurar, eso es obvio, sino porque esos listados de mejores escuelas tienden a consolidar una idea muy peligrosa sobre qué significa educar y en qué escuelas se educa mejor: la idea de que la excelencia se puede reducir a una tabla comparativa, a una nota agregada, a un resultado uniforme y medible que permite ordenar escuelas como si fueran productos.
El problema no es solo quién aparece y quién no; el problema es el relato que se refuerza cada vez que celebramos esas clasificaciones como si fueran un reflejo neutral de la calidad educativa. Pero la cuestión no se limita únicamente a los criterios con los que se ordenan las escuelas dentro de los rankings. También conviene preguntarse qué condiciones previas permiten que determinados centros puedan siquiera aparecer en ellos. Los indicadores utilizados, resultados académicos estandarizados, tasas de acceso a estudios superiores o reputación institucional suelen favorecer a escuelas que parten de contextos sociales más ventajosos y que pueden cumplir con esos parámetros desde el inicio.